martes, 11 de agosto de 2015

Hasta la vuelta de vacaciones



Son pocos los días de vacaciones. A uno le gustaría que fueran más. Muchos más. Tras un año de duro trabajo, de sacrificios personales y familiares, las dos semanas, tres para los más afortunados, nos parecen pocas para recuperar aquellos momentos perdidos. Pero la ilusión, el compromiso y la dedicación a nuestro trabajo acaban imponiendo una realidad que sufren y difícilmente comprenden aquellos que nos rodean. Tan solo les queda la resignación mientras apelamos a su paciencia.

Imagino que es lo que les puede pasar por la cabeza. Todo un año esperando, ¿para esto? ¿Por qué tienes que trabajar por las noches? ¿Tienes que contestar a esa llamada? Papá, deja el móvil que estamos jugando…

Son unos pocos ejemplos de los que seguramente todos y todas hemos oído alguna vez. Lo reconozco, me siento culpable. Culpable por no atender como debiera a mi mejor socio, mi familia. Ellos que saben que es mejor no preguntar cuando vuelvo a casa tarde y con los ojos inyectados en sangre. Ellos que saben reordenar sus vidas cuando debo realizar un viaje inesperado. O peor aún, cuando debo alargarlo sobre la marcha. Ellos que cenan solos mientras yo asisto a animadas cenas de trabajo. Ellos que sienten la presión de mi agenda sin la necesidad de cumplir plazo estricto alguno.

Por eso y más, he decido rebelarme. Una rebelión en defensa de mi socio más leal y con menos reconocimiento. He decido que el portátil y el móvil los dejo en la oficina. Este año, sólo tengo una semana de vacaciones con mi familia. Una sola y no la pienso pasar contestando correos electrónicos, ni llamadas telefónicas, ni revisando ficheros… No, no. Este año lo paso exclusivamente con mi familia.

Ya he avisado en la oficina: Hasta la vuelta de vacaciones.

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